Ricardo Zamora ‘El Divino’

Antonio G. Jáuregui 06-06-2013 - Historia

  • El mítico guardameta español visitó Melilla el 4 de septiembre de 1927 para disputar un partido amistoso con un combinado de jugadores locales

La Selección Nacional Española de fútbol debutó oficialmente el 28 de agosto de 1920 en el estadio La Butte de Bruselas (Bélgica), con motivo de la Olimpiada de Amberes. Venció por uno a cero a Dinamarca, acabó las olimpiadas siendo medalla de plata. Su portero era el gran Ricardo Zamora, apodado por la afición de la época como ‘El Divino’, y contaba sólo veinte años de edad.

Zamora fue un caso singular en el deporte español, posiblemente el primer caso de jugador mediático. Sus inicios futbolísticos fueron en el Español de Barcelona, posteriormente fichó por el Barcelona CF y por último en España, firmó por el Real Madrid, en lo que se definió como el mayor contrato de la época efectuado a un futbolista. Le pagaron 100.000 pesetas, según unas fuentes, 150.000 pesetas, según otras.

Ricardo Zamora era tan admirado y estaba tan solicitada su presencia tanto por los aficionados como los que no lo eran tanto, en las ciudades y pueblos de España, que en los períodos de tiempo en que la competición estaba parada, él se dedicaba a acudir allá donde era contratado, para jugar alineándose en  equipos y selecciones locales, al objeto de que fuera admirada su incuestionable calidad de guardameta.

Esta actividad complementaria a su participación en la liga como portero del CD Español es la que le trajo a Melilla el día 4 de septiembre de 1927.

El anuncio de su participación en nuestra ciudad levantó el consiguiente revuelo y generó unas expectativas de extraordinario acontecimiento. Las gestiones para su contratación fueron realizadas por la Sociedad Deportiva Melillense en colaboración con la Sociedad Hípica, propietaria del campo de fútbol donde iba a acontecer el singular evento.

Para alguna parte del público el guardameta internacional fue una verdadera y aplastante desilusión

Sixto Villanueva era el apoderado de Zamora, encargado de las gestiones de contratación del portero que negoció con los representantes de las sociedades melillenses citadas, y la cantidad de dinero a percibir se fijó en la nada despreciable cifra de 3.000 pesetas, sin lugar a dudas una alta cifra para la época.

En los días anteriores al evento los delegados de los diferentes equipos de fútbol de la ciudad, celebraron reuniones para proceder a la designación de los jugadores que iban a conformar la selección que se iba a enfrentar al equipo de la Sociedad Deportiva Melillense, en la que se iba a alinear Zamora. Los seleccionados fueron aportados por los equipos de la Real Sociedad Hípica, Ferrocarriles y la propia Deportiva.

El domingo 4, día previsto para el gran acontecimiento, Ricardo Zamora arribó al puerto de Melilla, donde fue recibido por los directivos de la comisión organizadora y numeroso público. Desde allí se dirigieron a la Comandancia General, en la que fue recibido por su titular, el general Castro Girona, a quién le expresó su deseo, que le fue concedido, de visitar Monte Arruit para orar en la tumba de los fallecidos en los sucesos del año 1921. Posteriormente fue obsequiado con una comida en el balneario de la Hípica, previa al partido que estaba fijado para las cinco y media de la tarde.

Llegada la hora el campo estaba completamente lleno. Los prolegómenos fueron amenizados por la banda de música de la Brigada de Cazadores, algo habitual en aquellos tiempos así como la entrega de ramos de flores por parte de los capitanes de los equipos participantes, Zamora por la Deportiva y Fernández por la Selección, a las damas que ocupaban la tribuna presidencial, en este caso la señora del comandante general Castro Girona y la hija del general González Carrasco, presidente de la Hípica.

Respecto al desarrollo del partido, nos hacemos eco de las palabras del cronista del Telegrama del Rif que se formulaba la siguiente pregunta: “¿Responde este acontecimiento deportivo a la expectación causada?”. Desde luego hay que contestar categóricamente que no. Y no fue la culpa de Zamora, pues el sólo se limitó a superarse en su cometido, sino de los equipos locales, que no pusieron en juego, en una tarde en que lo debían haber hecho, todos sus entusiasmos y arrestos. Acusaba el cronista a los participantes de apatía y de no tomarse el partido en serio; además se quejaba éste del tipo de público que había acudido a presenciar el evento. Los clasificaba en dos tipos: el compuesto por los entusiastas y aficionados del fútbol y el que no gusta del balompié, que se aburre viendo un partido, y creía que ver parar balones a Zamora era una cosa así como si el guardameta internacional, al recoger el esférico en sus manos, comenzara a hacer volatines, monerías, juegos malabares u otra cosa extraña que fueran motivo de admiración.

De esto podemos dar fe por el siguiente caso. “Chutaron fuertemente contra la portería de Laborda (el portero contrario) y éste hizo una buena parada. Momentos después Zamora hizo otra admirable. Un espectador que estaba a nuestro lado, al ver cómo había actuado el as de los guardametas, se quedó estupefacto, y no pudo menos que decir: ¡Pero si Zamora ha hecho igual que el otro!, ¡yo me creía que un hombre que exige 3.500 pesetas por defender una portería para parar el balón había de realizar algo emocionante!”

Para alguna parte del público el guardameta internacional fue una verdadera y aplastante desilusión.

Recordamos también como dato curioso que cuando los equipos de la Deportiva hacían escapadas contra la meta de Laborda, en una de ellas, se oyó gritar a un espectador al jugador que llevaba el esférico: “¡Eh, tú, que yo he pagado para ver parar a Zamora…!”.

Para los aficionados al fútbol la actuación del capitán del potente equipo Español, fue excelente.

No intentamos descubrir, Dios nos libre de ello, a quién han consagrado desde hace mucho tiempo los públicos de casi todas las grandes capitales del orbe.

Veintidós veces fue a parar el balón a manos de Zamora en la tarde del domingo y en todas ellas bien pudo apreciarse la clase insuperable de su peculiar estilo.

Para Zamora, parar un balón por mucha velocidad que lleve es cosa fácil. Y esta misma facilidad, esa maestría con que hace las cosas quita a veces emoción a su admirable manera de actuar.

Continúa el periodista con la crónica del partido que finalizó con empate a uno y cuyo resumen le merece a éste el calificativo de “excesivamente amistoso”.

Esa misma tarde el célebre guardameta partió en barco hacia Málaga, para desde allí continuar hasta Barcelona a incorporarse a su equipo con el que iniciaba la temporada.

Zamora se despidió de Melilla pleno de agradecimiento y prometiendo volver con el Español de Barcelona en un futuro, cosa que se intentó pero que no llegó a producirse. Era complicado en ese tiempo desplazarse hasta Melilla. Otros equipos de Primera División recalaron por estas tierras, pero casi siempre, para que la aventura fuese rentable económicamente, se hacían jiras por las ciudades del Protectorado, Ceuta, Tetuán…, o bien en la zona francesa, normalmente Orán.

 

Fuente informativa. El Telegrama del Rif

Fotografía cedida por Francisco Benítez Orozco

Ricardo Zamora ‘El Divino’

  • El mítico guardameta español visitó Melilla el 4 de septiembre de 1927 para disputar un partido amistoso con un combinado de jugadores locales

La Selección Nacional Española de fútbol debutó oficialmente el 28 de agosto de 1920 en el estadio La Butte de Bruselas (Bélgica), con motivo de la Olimpiada de Amberes. Venció por uno a cero a Dinamarca, acabó las olimpiadas siendo medalla de plata. Su portero era el gran Ricardo Zamora, apodado por la afición de la época como ‘El Divino’, y contaba sólo veinte años de edad.

Zamora fue un caso singular en el deporte español, posiblemente el primer caso de jugador mediático. Sus inicios futbolísticos fueron en el Español de Barcelona, posteriormente fichó por el Barcelona CF y por último en España, firmó por el Real Madrid, en lo que se definió como el mayor contrato de la época efectuado a un futbolista. Le pagaron 100.000 pesetas, según unas fuentes, 150.000 pesetas, según otras.

Ricardo Zamora era tan admirado y estaba tan solicitada su presencia tanto por los aficionados como los que no lo eran tanto, en las ciudades y pueblos de España, que en los períodos de tiempo en que la competición estaba parada, él se dedicaba a acudir allá donde era contratado, para jugar alineándose en  equipos y selecciones locales, al objeto de que fuera admirada su incuestionable calidad de guardameta.

Esta actividad complementaria a su participación en la liga como portero del CD Español es la que le trajo a Melilla el día 4 de septiembre de 1927.

El anuncio de su participación en nuestra ciudad levantó el consiguiente revuelo y generó unas expectativas de extraordinario acontecimiento. Las gestiones para su contratación fueron realizadas por la Sociedad Deportiva Melillense en colaboración con la Sociedad Hípica, propietaria del campo de fútbol donde iba a acontecer el singular evento.

Para alguna parte del público el guardameta internacional fue una verdadera y aplastante desilusión

Sixto Villanueva era el apoderado de Zamora, encargado de las gestiones de contratación del portero que negoció con los representantes de las sociedades melillenses citadas, y la cantidad de dinero a percibir se fijó en la nada despreciable cifra de 3.000 pesetas, sin lugar a dudas una alta cifra para la época.

En los días anteriores al evento los delegados de los diferentes equipos de fútbol de la ciudad, celebraron reuniones para proceder a la designación de los jugadores que iban a conformar la selección que se iba a enfrentar al equipo de la Sociedad Deportiva Melillense, en la que se iba a alinear Zamora. Los seleccionados fueron aportados por los equipos de la Real Sociedad Hípica, Ferrocarriles y la propia Deportiva.

El domingo 4, día previsto para el gran acontecimiento, Ricardo Zamora arribó al puerto de Melilla, donde fue recibido por los directivos de la comisión organizadora y numeroso público. Desde allí se dirigieron a la Comandancia General, en la que fue recibido por su titular, el general Castro Girona, a quién le expresó su deseo, que le fue concedido, de visitar Monte Arruit para orar en la tumba de los fallecidos en los sucesos del año 1921. Posteriormente fue obsequiado con una comida en el balneario de la Hípica, previa al partido que estaba fijado para las cinco y media de la tarde.

Llegada la hora el campo estaba completamente lleno. Los prolegómenos fueron amenizados por la banda de música de la Brigada de Cazadores, algo habitual en aquellos tiempos así como la entrega de ramos de flores por parte de los capitanes de los equipos participantes, Zamora por la Deportiva y Fernández por la Selección, a las damas que ocupaban la tribuna presidencial, en este caso la señora del comandante general Castro Girona y la hija del general González Carrasco, presidente de la Hípica.

Respecto al desarrollo del partido, nos hacemos eco de las palabras del cronista del Telegrama del Rif que se formulaba la siguiente pregunta: “¿Responde este acontecimiento deportivo a la expectación causada?”. Desde luego hay que contestar categóricamente que no. Y no fue la culpa de Zamora, pues el sólo se limitó a superarse en su cometido, sino de los equipos locales, que no pusieron en juego, en una tarde en que lo debían haber hecho, todos sus entusiasmos y arrestos. Acusaba el cronista a los participantes de apatía y de no tomarse el partido en serio; además se quejaba éste del tipo de público que había acudido a presenciar el evento. Los clasificaba en dos tipos: el compuesto por los entusiastas y aficionados del fútbol y el que no gusta del balompié, que se aburre viendo un partido, y creía que ver parar balones a Zamora era una cosa así como si el guardameta internacional, al recoger el esférico en sus manos, comenzara a hacer volatines, monerías, juegos malabares u otra cosa extraña que fueran motivo de admiración.

De esto podemos dar fe por el siguiente caso. “Chutaron fuertemente contra la portería de Laborda (el portero contrario) y éste hizo una buena parada. Momentos después Zamora hizo otra admirable. Un espectador que estaba a nuestro lado, al ver cómo había actuado el as de los guardametas, se quedó estupefacto, y no pudo menos que decir: ¡Pero si Zamora ha hecho igual que el otro!, ¡yo me creía que un hombre que exige 3.500 pesetas por defender una portería para parar el balón había de realizar algo emocionante!”

Para alguna parte del público el guardameta internacional fue una verdadera y aplastante desilusión.

Recordamos también como dato curioso que cuando los equipos de la Deportiva hacían escapadas contra la meta de Laborda, en una de ellas, se oyó gritar a un espectador al jugador que llevaba el esférico: “¡Eh, tú, que yo he pagado para ver parar a Zamora…!”.

Para los aficionados al fútbol la actuación del capitán del potente equipo Español, fue excelente.

No intentamos descubrir, Dios nos libre de ello, a quién han consagrado desde hace mucho tiempo los públicos de casi todas las grandes capitales del orbe.

Veintidós veces fue a parar el balón a manos de Zamora en la tarde del domingo y en todas ellas bien pudo apreciarse la clase insuperable de su peculiar estilo.

Para Zamora, parar un balón por mucha velocidad que lleve es cosa fácil. Y esta misma facilidad, esa maestría con que hace las cosas quita a veces emoción a su admirable manera de actuar.

Continúa el periodista con la crónica del partido que finalizó con empate a uno y cuyo resumen le merece a éste el calificativo de “excesivamente amistoso”.

Esa misma tarde el célebre guardameta partió en barco hacia Málaga, para desde allí continuar hasta Barcelona a incorporarse a su equipo con el que iniciaba la temporada.

Zamora se despidió de Melilla pleno de agradecimiento y prometiendo volver con el Español de Barcelona en un futuro, cosa que se intentó pero que no llegó a producirse. Era complicado en ese tiempo desplazarse hasta Melilla. Otros equipos de Primera División recalaron por estas tierras, pero casi siempre, para que la aventura fuese rentable económicamente, se hacían jiras por las ciudades del Protectorado, Ceuta, Tetuán…, o bien en la zona francesa, normalmente Orán.

 

Fuente informativa. El Telegrama del Rif

Fotografía cedida por Francisco Benítez Orozco