Mitos y leyendas Augusto Hoyo

La desmitificación del “mito”

25-02-2014

Pierre de Coubertin, el que fuera el reinstaurador de los JJOO a finales del siglo XIX, parecía no muy satisfecho con el cariz que estaban tomando las últimas ediciones de sus amados “Juegos”. Incluso, al ver lo que el profesionalismo y los diferentes gobiernos estaban haciendo con los mismos, llegó a dejar una frase lapidaria poco antes de su muerte: “Por favor, dejen en paz a mis Juegos”.

Actualmente la lista de atletas a punto de hacerse leyenda pero cazados in fraganti por los ya “afamados” vampiros es muy extensa, y según los expertos no va a hacer más que aumentar con la llegada del dopaje genético

Pues bien, todo ello no era más que un anticipo de lo que estaba por ocurrir. El Barón de Coubertin falleció allá por el año 1937 y si hubiera exhalado en la actualidad no habría ganado para disgustos, puesto que la industria deportiva, que actualmente genera más de cuarenta mil millones de euros anuales, ha dejado bien atrás el amateurismo que él mismo propugnaba en los inicios y actualmente no es más que una leyenda.

Si bien la importancia del deporte es fundamental y promueve una serie de principios fundamentales, así como un estilo de vida que, a priori, se establece como el ideal y referente para el resto de la población, el boom del profesionalismo, así como el partido que le saca el mundo de la publicidad, los medios de comunicación e incluso la clase política y los diferentes gobiernos nacionales a sus deportistas, hace que en las dos o tres últimas décadas diferentes lacras se hayan asociado al mundo del deporte y, actualmente, parece más fácil distinguir entre deporte espectáculo, aquel que mueve grandes cantidades de dinero y que busca asombrar constantemente al público, con todo lo que ello puede acarrear (dopaje, técnicas más o menos dudosas en la recuperación, amaño de partidos, sobornos e, incluso, desfalco y problemas con hacienda de algunos deportistas), del deporte amateur, cuyos practicantes posiblemente no obtengan grandes titulares y que, probablemente, no se dediquen en exclusiva a su deporte compaginando el mismo con otro trabajo, pero que, posiblemente en detrimento de esa espectacularidad y vistosidad, el deporte recupera su esencia y palabras como respeto, honor, capacidad de superación y de liderazgo,  trabajo en equipo, es decir, los valores del olimpismo vuelven a cobrar sentido.

Estos valores que son inherentes al deporte no deben de ser violados bajo ningún concepto, puesto que en ese caso la esencia del mismo se pierde y, de por sí, deja de ser deporte y se convierte en otra cosa, algo por lo que parece que algunos promotores deportivos están apostando, con calendarios deportivos masificados de competiciones, con vueltas ciclistas con etapas inhumanas, recorridos que rozan lo extremo, exigencias que ponen al organismo del atleta al límite, todo ello en pos del espectáculo, para satisfacer al espectador, y el cálculo está claro, mayor número de competiciones, mayor número de espectadores, más altas son las ganancias, la matemática es sencilla. El problema surge cuando nos damos cuenta de que no estamos hablando de máquinas, por el momento, sino de personas, las cuales tienen un límite y, no obstante, mirando las exigencias del guión no resulta extraño que alguno eche mano de alguna ayudita extra.

Actualmente la lista de atletas a punto de hacerse leyenda pero cazados in fraganti por los ya “afamados” vampiros es muy extensa, y según los expertos no va a hacer más que aumentar con la llegada del dopaje genético. Lejos de solucionarse el problema se está haciendo cada vez más grande. En esta situación la solución no pasa por aumentar los controles por sorpresa o realizar redadas con la Guardia Civil, la INTERPOL o el FBI si se empeñan. La solución está en la educación de los propios deportistas y en el hecho de poder elegir, elegir si uno quiere practicar un deporte limpio y en igualdad de condiciones que el resto de participantes, aunque ello suponga una disminución de los ingresos, o bien optar por la vía del espectáculo que proponen el mercado, embolsándose una buena cantidad de dinero a costa de la salud, pero eso sí, sin engañar a nadie, ni al niño que idolatra a su jugador preferido de la NBA, ni al aficionado al ciclismo que disfruta del escalador que asciende tan rápido que el hombre del mazo nunca le coge, o lo que es peor, al rival que va limpio.

Si así están las cosas y en pos del espectáculo al participante no le queda más remedio que optar por vías alternativas para mejorar su rendimiento, barra libre para todos y que se diga bien claro, en este espectáculo se utilizan sustancias dopantes para mejorar el rendimiento de los que participan en el mismo,  que dejen de llamarlo deporte y, por supuesto, que renuncien a ser olímpicos. Ya le tocará al aficionado elegir si quiere admirar al corredor de maratón que baja de dos horas con el hematocrito por las nubes o a su vecino que la acaba en tres horas pero que lo único que toma es agua con limón y azúcar para las agujetas.